7 dic. 2010

Capítulo 1

Ana era una mujer muy hermosa, se notaba que en su juventud había sido una muchacha muy guapa, y a pesar de haber traído tres hijos al mundo y de haber tenido que trabajar muy duro, aún conservaba esa belleza que un día enamoró a Miguel.

Ella siempre quiso estudiar psicología pero su carrera se interrumpió al descubrir que estaba esperando su primer hijo. No le importó, ya que en ese momento la alegría de ese niño era lo más importante. Dejó sus estudios y se dedicó de lleno a las labores de su hogar, cuidar de su hijo y atender a su marido, al cual adoraba por encima de todas las cosas. Miguel era un hombre muy trabajador y luchador. A pesar de que nunca pudo darle lujos ni caprichos a su familia, ellos se sentían afortunados, el amor estaba por encima de todo.

Eran cinco en la familia, el matrimonio y tres hijos, dos varones y una niña. Héctor, el hijo mayor, era muy guapo; había heredado la belleza de su madre y el espíritu luchador de su padre. A pesar de que carecía de muchas cosas que otros niños tenían, él entendía que lo más importante era tener un techo bajo el que dormir y un buen plato de comida, y ya por esto él se consideraba muy afortunado. Era muy cariñoso y tenía muchos amigos, que a pesar de tener unas enormes casas y abundantes juguetes, siempre terminaban yendo a jugar a casa de Héctor, con sus pocos juguetes, la mayoría hecho por sus padres; era por eso por lo que los demás niños encontraban sus juguetes tan diferentes e interesantes. Le seguía Manuel, dos años menor que Héctor. Era muy diferente a su hermano, a pesar de haber recibido la misma educación, Manuel era muy desordenado y sus padres siempre discutían con él por ese motivo; por el contrario, era un niño muy bueno, quizá demasiado y por eso sufría en muchas ocasiones queriendo cambiar el mundo y que las cosas fueran como él quería. Su padre estaba muy pendiente de él, ya que lo consideraba el más vulnerable, pero eso no podía evitarle el sufrimiento por el que a veces pasaba, ya que se involucraba demasiado en los problemas de los demás. Aunque ese don era extraordinario, no siempre está en nuestras manos poder solucionarlo todo.

Un día, su madre le sorprendió llevándose juguetes a escondidas al colegio, y le preguntó:

- Manuel, ¿por qué llevas tus juguetes al colegio y, además, no me dices nada?-.

Manuel respondió:

- Mamá, estos juguetes se los llevo a unos niños que aún tienen menos que nosotros, además yo he sido muy feliz jugando con ellos y ahora la felicidad me la dan las sonrisas de esos niños al recibir estos modestos juguetes-.

Su madre quedó perpleja al oír esas palabras de un niño tan pequeño, y comprendió que no que tenía de desordenado lo tenía de generoso.

Su tercera hija era Tatiana. Se parecía mucho a su padre. Era muy trabajadora y excesivamente ordenada, cosa que ponía a sus hermanos bastante molestos y le decían constantemente que no se puede vivir obsesionada con la limpieza, una cosa es tener las cosas en orden y otra que no sepas vivir sin pasarte el día limpiando y ordenando. Pero ella era así feliz, y hay que aceptar a las personas tal y como son.

Ana y Miguel habían vivido tantos años pendientes de sacar sus hijos adelante, que no se daban cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo, y de que sus hijos se estaban convirtiendo en unos hombres y una mujercita ya casi adultos.

3 comentarios:

  1. me encanta,esta muy bien animo a que sigan escribiendo tanto tu como tu madre jajaja ^^

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  2. Gracias por pasarte Moi!^^ jajaja

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  3. olaaa, m gusta muxo las descripciones, aunq kizas la edad de los hijos ayude a imaginartelos tb, m encanto

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